
Por Nahuel Navarro.
Durante más de ocho horas, Choele Choel estuvo pendiente de un operativo policial en el barrio Villa Unión Norte, Pasaje Las Marías. Patrulleros, efectivos del COER, profesionales de Salud Mental y un importante despliegue de seguridad concentraron la atención de toda la comunidad. Sin embargo, reducir lo ocurrido a la imagen de un hombre atrincherado sería quedarse solo con el final de una historia mucho más compleja.
Porque antes del operativo hubo una víctima.
Según trascendió, el episodio se originó en un contexto de violencia intrafamiliar. Una mujer y su madre debieron abandonar rápidamente la vivienda para ponerse a resguardo, mientras el agresor permanecía dentro del domicilio con un arma de fuego. También se conoció que existían denuncias previas y medidas cautelares de protección.
Esa realidad no puede quedar eclipsada por el impacto mediático del operativo.
En muchas ocasiones, la atención pública termina concentrándose exclusivamente en quien protagoniza la crisis, mientras el sufrimiento de las víctimas queda relegado a un segundo plano. Pero es importante recordar que detrás de cada caso de violencia existen personas que conviven con el miedo, el desgaste emocional y, muchas veces, con años de situaciones de control, amenazas o agresiones.
La empatía también debe estar con ellas.
Al mismo tiempo, tampoco puede ignorarse que el joven atravesaba una crisis de salud mental de extrema gravedad. Ambas realidades pueden coexistir: una persona puede requerir asistencia psicológica o psiquiátrica y, al mismo tiempo, ser responsable de hechos de violencia que afectan profundamente a otras personas.
Comprender esa complejidad no significa justificar la violencia.
La intervención policial fue necesaria para proteger vidas. El trabajo coordinado entre la Policía de Río Negro, el COER y los equipos de Salud Mental permitió resolver una situación de enorme riesgo sin que hubiera personas heridas. Ese resultado merece ser valorado, especialmente considerando que existía un arma de fuego y una amenaza concreta.
Pero el verdadero desafío comienza cuando las cámaras se apagan.
La violencia de género e intrafamiliar no empieza el día en que llega la Policía. Generalmente es el desenlace de una cadena de episodios que fueron creciendo con el tiempo. Por eso resulta indispensable fortalecer los dispositivos de prevención, garantizar respuestas rápidas a quienes denuncian y acompañar de manera efectiva a las víctimas para que no transiten ese camino en soledad.
Del mismo modo, la salud mental continúa siendo una deuda pendiente. Las crisis extremas suelen ser la consecuencia de problemas que llevan mucho tiempo gestándose. Invertir en prevención, en equipos interdisciplinarios y en acceso oportuno a tratamientos también es una forma de proteger vidas.
Lo ocurrido en Choele Choel deja varias enseñanzas. La primera es que las víctimas deben ocupar el centro de cualquier análisis. La segunda es que las personas que atraviesan un profundo sufrimiento psíquico necesitan atención antes de llegar a un punto límite. Y la tercera es que ninguna comunidad puede conformarse con intervenir solamente cuando la tragedia parece inevitable.
Porque detrás del operativo hubo una persona en crisis.
Pero, sobre todo, hubo una mujer que necesitó protección, una familia atravesada por la violencia y una comunidad que vuelve a preguntarse si estamos haciendo lo suficiente para prevenir que estas historias se repitan.
Ese es el verdadero debate que debería quedar cuando termina el operativo.