56 años de Judo Social en el Valle Medio: la historia de Pucho y Mary, una familia que convirtió el deporte en una herramienta de inclusión


Hay historias que merecen ser contadas no solamente por lo que hicieron, sino por todo lo que significaron para una comunidad. La historia del sensei Evaristo “Pucho” Navarro es, sin dudas, una de ellas. Son 56 años de judo en el Valle Medio, pero reducir esta trayectoria a la práctica de una disciplina deportiva sería desconocer la verdadera dimensión de un recorrido que atravesó generaciones, formó deportistas, construyó instituciones y, sobre todo, acompañó a niños, niñas y adolescentes que encontraron en el deporte una posibilidad concreta de crecer, desarrollarse y sentirse parte.

Pero esta historia tampoco puede contarse sin Mary Watson, compañera de vida de Pucho desde que él tenía 30 años. Juntos construyeron una familia con sus hijos Lautaro y Nahuel, pero también construyeron algo mucho más grande: una familia del corazón que se fue ampliando con cada niño, niña y adolescente que llegó a sus vidas. En esa historia familiar hay nombres que permanecen hasta hoy: Néstor, Dani, Analía, Pedro, Teto, Renzo, Emanuel, Sirio, Ariel, Lauri, Rafa, Norberto, Raúl, Daniel, Fernanda, Marta, Vale, José, Santiago y muchos más. Son personas que pasaron por aquella casa, que crecieron y siguieron sus caminos, pero que todavía regresan a visitar a Mary y Pucho, porque los reconocen como parte de su historia y, para muchos, como verdaderos padres del corazón.

Un adolescente de 15 años y un camino que comenzó en Bahía Blanca

La historia deportiva de Pucho comenzó en 1970, cuando tenía apenas 15 años y empezó a practicar judo en el Club Estudiantes de Bahía Blanca, bajo la enseñanza del sensei Carlos Ávalos. Desde entonces, aquella disciplina se convirtió en una forma de vida. La formación no se detuvo y, a lo largo de los años, tuvo la posibilidad de capacitarse junto a importantes maestros como Hitoshi Nisisaka, M. Ambrossino, Sai Kalis, A. Gallina, Yuriyuki Tamamoto, Eduardo Filgueiro Lima y Pedro Fukuma, incorporando conocimientos que posteriormente serían transmitidos a generaciones de judocas del Valle Medio.

A los 18 años participó además de la creación de la Asociación de Judo de Bahía Blanca, una experiencia que marcaría también su compromiso con el crecimiento institucional de este deporte. Tres años después, con 21 años, regresó a Choele Choel y comenzó una nueva etapa: fundó la primera escuela de judo del Valle Medio en el Club Sportsman, donde llegó a reunir alrededor de 90 alumnos. Con el tiempo, aquella enseñanza se extendió hacia Luis Beltrán y Lamarque, permitiendo que varias generaciones de la región tuvieran su primer contacto con el tatami.

Del tatami a la construcción del judo rionegrino

El crecimiento del judo también llevó a Pucho a encontrarse con el profesor Néstor Luna, con quien construyó una amistad y un proyecto que trascendió las fronteras del Valle Medio. De aquella iniciativa nació la idea de crear una organización que permitiera fortalecer y desarrollar la disciplina en toda la provincia. El 25 de julio de 1978, en General Roca, se fundó la Federación Rionegrina de Judo, dando forma institucional a un movimiento que ya venía creciendo desde distintos puntos de Río Negro.

Pero si las instituciones permiten ordenar y proyectar un deporte, son las personas quienes terminan dándole sentido. Y durante décadas, los tatamis de Pucho fueron un lugar de encuentro para niños, adolescentes y jóvenes que no solamente aprendieron técnicas de judo, sino también valores que los acompañarían durante toda su vida.

El verdadero significado del Judo Social

Hablar de Judo Social es hablar de una concepción del deporte que va mucho más allá de la competencia. Para Pucho, enseñar judo significó siempre transmitir disciplina, respeto, responsabilidad, autocontrol, perseverancia y compañerismo, pero también comprender que detrás de cada alumno había una historia personal y familiar que debía ser escuchada.

En ese sentido, el tatami se convirtió en una herramienta de contención social. Algunos chicos llegaban buscando practicar un deporte; otros necesitaban un espacio de pertenencia, un adulto que los acompañara, un grupo de compañeros o simplemente un lugar donde sentirse seguros. Allí comenzó a construirse una experiencia que hoy puede ser mirada desde los conceptos de protección integral y corresponsabilidad, pero que en aquel momento surgía fundamentalmente de la sensibilidad y del compromiso de quienes estaban en territorio.

Y en ese trabajo, la presencia de Mary fue fundamental.

Mary y Pucho: una casa que también fue parte de la red

A partir de sus 30 años, Mary Watson acompañó a Pucho en esta tarea y juntos fueron convirtiendo su propia familia en un espacio de recepción y contención. Fueron una de las primeras familias del Valle Medio en brindar alojamiento y acompañamiento a niños, niñas y adolescentes que atravesaban intervenciones del entonces Juzgado de Familia, en un contexto en el que los sistemas de protección tenían características diferentes a las actuales.

La importancia de aquella experiencia no estuvo solamente en abrir las puertas de una casa. Estuvo en comprender que un niño vulnerado necesitaba mucho más que una intervención formal. Necesitaba vínculos, afecto, límites, acompañamiento cotidiano y espacios donde pudiera recuperar confianza.

Muchas veces la respuesta fue tan sencilla como una taza de leche, un pedazo de pan, una conversación o una familia que estuviera allí. El deporte aportaba disciplina y pertenencia, pero la contención se construía también en la vida cotidiana.

Ese trabajo permitió que la familia, el club, la escuela, los organismos de protección, los profesionales y otros actores comunitarios comenzaran a funcionar como una verdadera red de apoyo, cada uno desde su lugar y con un objetivo común: acompañar a esos niños, niñas y adolescentes y evitar que las situaciones de vulneración determinaran definitivamente sus vidas.

Una red de protección que se construyó desde el territorio

Mucho antes de que términos como “sistema local de protección integral”, “corresponsabilidad” o “red institucional” formaran parte del lenguaje habitual de las políticas públicas de niñez, en el Valle Medio ya existían experiencias que demostraban que ningún actor podía resolver por sí solo las situaciones complejas que atravesaban las familias.

El trabajo de Pucho y Mary permitió comprender que el deporte podía ser uno de esos efectores comunitarios capaces de detectar, acompañar y contener. El vínculo cotidiano con los chicos permitía conocer sus dificultades, sus capacidades y también sus necesidades. Y cuando aparecía una situación que requería otro tipo de intervención, el desafío era articular con las familias y con las instituciones correspondientes.

No se trataba de reemplazar a la escuela, a los servicios sociales, a los organismos de protección o a la Justicia. Se trataba de sumar una red, de comprender que cada institución podía aportar una parte de la respuesta y que el niño debía estar en el centro de esa intervención.

Fue un trabajo silencioso, muchas veces sin reconocimiento público, pero profundamente efectivo.

De la contención a los campeonatos

Y esa historia social también tuvo un extraordinario capítulo deportivo. Muchos de aquellos niños, niñas y adolescentes que encontraron en el judo un espacio de pertenencia terminaron convirtiéndose en campeones provinciales, campeones de los Juegos de la Araucanía y campeones nacionales.

Las medallas, sin embargo, no aparecieron mágicamente. Detrás de cada competencia había una comunidad movilizada. Había que conseguir dinero para viajar, pagar inscripciones, comprar elementos y garantizar que los chicos pudieran participar. Y allí aparecieron las familias y los vecinos, organizando rifas, ventas de pastelitos y distintas actividades comunitarias para reunir los recursos necesarios.

Los viajes y torneos se financiaban muchas veces con trabajo colaborativo. Cada familia aportaba lo que podía y la comunidad acompañaba para que ningún chico quedara afuera por no tener los recursos necesarios.

Así, el campeón que subía al tatami llevaba consigo mucho más que su propio esfuerzo. Llevaba el trabajo de sus padres, el acompañamiento de sus compañeros, el esfuerzo de su profesor y la solidaridad de vecinos que habían colaborado para que pudiera estar allí.

La medalla era individual, pero la historia detrás de ella era colectiva.

Formar campeones, pero primero formar personas

Quizás por eso el mayor mérito de Pucho no pueda medirse solamente en títulos deportivos. Los campeones son importantes y representan el resultado de años de entrenamiento, disciplina y dedicación, pero el verdadero legado está también en quienes no llegaron a competir, en quienes simplemente encontraron en el judo un espacio para transitar una etapa difícil de sus vidas.

Porque enseñar judo también significó enseñar a perder, a levantarse, a aceptar una derrota, a respetar al adversario y a seguir intentando. Esos aprendizajes exceden cualquier campeonato y acompañan a una persona mucho después de abandonar la competencia.

Pucho formó judocas, pero también formó generaciones de ciudadanos.

Y Mary acompañó esa tarea desde un lugar que no siempre se ve: el de la familia que sostiene, recibe, escucha y contiene.

Los hijos y una familia que se fue haciendo más grande

Lautaro y Nahuel crecieron dentro de esta historia y seguramente comprendieron desde pequeños que la casa familiar no era solamente un espacio privado. Por allí pasaban alumnos, amigos, familias, chicos que necesitaban acompañamiento y personas que, con el tiempo, terminarían formando parte de una familia mucho más amplia.

Ese es uno de los aspectos más conmovedores de esta trayectoria. Muchos de aquellos niños que alguna vez llegaron buscando un lugar hoy son adultos y regresan. Ya no vuelven para entrenar. Vuelven a visitar a Mary y Pucho.

Vuelven porque los vínculos construidos durante la infancia sobreviven al paso del tiempo.

Vuelven porque hay personas que dejaron una marca.

Vuelven porque algunas familias no se definen solamente por la sangre.

Y quizás esa sea una de las mejores formas de medir el resultado de una vida dedicada a los demás.

El trabajo que casi nunca aparece en los titulares

Hay un tipo de trabajo social que no suele aparecer en los grandes medios. No tiene inauguraciones, no tiene placas ni presupuestos millonarios. No siempre tiene fotografías y muchas veces ni siquiera queda registrado.

Es el trabajo de acompañar.

Es estar cuando un chico tiene un problema.

Es hablar con una familia.

Es organizar una rifa para conseguir un pasaje.

Es vender pastelitos para financiar un torneo.

Es llevar a un adolescente a entrenar.

Es abrir una puerta.

Es preparar una comida.

Es ofrecer una cama.

Es escuchar.

Es poner un límite.

Es volver a intentarlo.

Ese trabajo también transforma vidas, aunque no siempre pueda medirse.

Y en el caso de Pucho y Mary, fueron décadas de hacerlo.

Una historia que pertenece al Valle Medio

La historia de Pucho comenzó en Bahía Blanca, pero encontró su verdadero desarrollo en el Valle Medio. Choele Choel, Luis Beltrán y Lamarque fueron escenarios de una experiencia deportiva y social que atravesó generaciones.

Durante 56 años, cientos de niños, niñas, adolescentes y jóvenes pasaron por sus tatamis. Algunos llegaron a ser campeones. Otros simplemente encontraron un lugar donde sentirse acompañados. Algunos construyeron carreras deportivas. Otros formaron sus propias familias y regresaron años después.

Todos forman parte de la misma historia.

Una historia que demuestra que el deporte puede ser mucho más que competencia cuando quienes lo enseñan entienden que cada alumno es una persona antes que un deportista.

Una obra que no tiene monumento

Las comunidades suelen reconocer sus grandes obras con edificios, monumentos, calles, placas y homenajes. Pero existen obras que no necesitan cemento para permanecer.

La obra de Pucho y Mary está en las personas que ayudaron a crecer, en los campeones que llevaron el nombre del Valle Medio a otros lugares, en las familias que aprendieron a trabajar juntas, en las instituciones que pudieron articular y, especialmente, en aquellos niños y adolescentes que encontraron una oportunidad cuando atravesaban situaciones de vulnerabilidad.

No existe una placa que pueda contener semejante historia.

Porque su verdadera dimensión está dispersa en cientos de vidas.

Está en aquel exalumno que vuelve a saludar.

En aquel campeón que todavía recuerda a su profesor.

En aquel adulto que alguna vez fue un niño recibido en esa casa.

En aquella familia que participó de una rifa para pagar un viaje.

En aquella taza de leche compartida después de un entrenamiento.

56 años después, el legado continúa

Hoy, cuando hablamos de políticas de niñez, sistemas locales de protección, corresponsabilidad, redes comunitarias y abordajes integrales, vale la pena mirar también las experiencias que las comunidades construyeron mucho antes de que estos conceptos se instalaran formalmente en las políticas públicas.

La historia de Evaristo “Pucho” Navarro y Mary Watson es una de esas experiencias.

No fue perfecta, porque ninguna historia humana lo es. Pero fue profundamente humana.

Fue una historia de compromiso sostenido, de puertas abiertas, de deporte, de familia, de instituciones y de comunidad.

Fue una historia de 56 años de Judo Social en el Valle Medio.

Y quizás el mayor legado de Pucho no sea la cantidad de campeones que formó, ni los torneos ganados, ni los años de trayectoria.

Quizás su mayor legado sea haber enseñado que después de una caída siempre existe la posibilidad de levantarse.

Y que muchas veces, para que alguien pueda hacerlo, necesita que otra persona esté allí.

Mary estuvo.

Pucho estuvo.

Las familias estuvieron.

Las instituciones estuvieron.

La comunidad estuvo.

Y entre todos construyeron una red que permitió que muchos niños y adolescentes pudieran descubrir que su historia no estaba definida por aquello que les había tocado vivir.

Porque a veces una vida puede cambiar en un tatami. Pero para que ese cambio sea posible, hace falta mucho más que deporte: hace falta una familia, una comunidad y la decisión de no mirar para otro lado.

56 años después, el judo continúa. Pero, sobre todo, continúa aquello que Pucho y Mary sembraron: valores, vínculos, oportunidades y una profunda convicción de que acompañar a un niño también es una forma de transformar una comunidad.