La crisis silenciosa de Juntos: cuando los socios empiezan a cansarse

Durante años, Juntos Somos Río Negro construyó un relato político basado en la amplitud, el consenso y la integración de distintos sectores partidarios. Radicales, peronistas, vecinalistas y dirigentes independientes convivieron bajo un mismo paraguas con un objetivo claro: garantizar gobernabilidad y consolidar un proyecto provincial por encima de las estructuras nacionales.

Sin embargo, ese modelo parece haber comenzado a mostrar signos de agotamiento.

Lo ocurrido en los últimos días con los intendentes radicales no es un hecho aislado ni un simple reclamo de cargos. Es, probablemente, la primera manifestación pública de una crisis política que se viene gestando hace tiempo dentro del oficialismo.

Cuando seis intendentes de la Unión Cívica Radical deciden reunirse para reclamar participación en las decisiones del Gobierno, el problema ya dejó de ser interno. Pasó a ser político.

Los radicales sienten que fueron útiles para construir poder, pero no para ejercerlo.

Y esa diferencia cambia todo.

Durante años acompañaron electoralmente a Alberto Weretilneck, sostuvieron territorialmente la alianza y aportaron estructura, dirigentes, fiscales e intendentes. Sin embargo, cuando llegó el momento de administrar el poder, el reparto nunca terminó de llegar.

La propia dirigencia radical lo resume con una frase que duele por su sinceridad: “No queremos ser convidados de piedra.”

Traducido al lenguaje político significa algo mucho más profundo.

No quieren seguir siendo socios solamente para ganar elecciones.

Quieren gobernar.

Y tienen razones para plantearlo.

Hoy la UCR gobierna seis municipios, posee representación legislativa, cientos de concejales y funcionarios distribuidos en toda la provincia. Sin embargo, su presencia dentro del gabinete provincial es casi testimonial.

Después del frustrado “Gran Acuerdo”, el radicalismo apenas logró espacios administrativos secundarios como el Registro Civil o el Registro de la Propiedad Inmueble.

Muy poco.

Demasiado poco para quien pretende ser socio estratégico de un proyecto político.

El desgaste también alcanza a Weretilneck

El reclamo radical deja entrever otra cuestión mucho más delicada.

Los intendentes no cuestionan directamente al gobernador.

Cuestionan a su gabinete.

Hablan de ministros que “no resuelven”, de áreas sin capacidad de gestión y de una conducción provincial cada vez más centralizada.

Es una crítica que, aunque cuidadosamente formulada, termina impactando sobre la figura del propio Weretilneck.

Porque después de más de una década alternando el poder provincial, ya no alcanza con administrar.

La sociedad empieza a exigir resultados.

Mientras tanto, hospitales con dificultades para funcionar, problemas estructurales en salud, demoras en infraestructura y un creciente malestar económico generan un escenario donde la política comienza a discutir quién toma las decisiones y quién carga con el costo de ellas.

La identidad radical vuelve a aparecer

Otro dato relevante es el cambio de clima dentro del radicalismo nacional.

La llegada de nuevas autoridades y la intención de reconstruir una identidad propia alentó a muchos dirigentes rionegrinos a preguntarse algo que durante años evitaron.

¿Qué gana realmente la UCR permaneciendo diluida dentro de Juntos?

La respuesta todavía no aparece.

Pero las señales empiezan a multiplicarse.

En Bariloche competirán con sello propio para la elección de convencionales constituyentes.

Ya no buscan esconder el escudo partidario.

Quieren volver a levantarlo.

Eso significa que la discusión ya no pasa solamente por conseguir un ministerio.

Empieza a pasar por recuperar identidad.

Y cuando un partido comienza a discutir identidad, las alianzas dejan de ser permanentes.

El Gobierno también enfrenta otra discusión

Mientras intenta contener el frente político, el Gobierno abre otro frente con los trabajadores estatales.

El sistema biométrico de control de asistencia, presentado como una herramienta de modernización, despertó fuertes cuestionamientos gremiales.

No solamente por el costo de la inversión —que ronda los 1.500 millones de pesos— sino también por la empresa adjudicataria y el manejo de datos biométricos de miles de empleados públicos.

El debate excede el presentismo.

La oposición ya puso el foco sobre la trazabilidad de la contratación, los vínculos empresariales de la firma proveedora y la protección de la información personal.

Cuando la tecnología entra al Estado sin suficiente transparencia, inevitablemente aparecen las sospechas.

Y cuando las sospechas aparecen, la confianza desaparece.

La obsesión por controlar

Paradójicamente, mientras el Gobierno busca controlar el ingreso de los trabajadores mediante reconocimiento facial, parece no poder controlar algo mucho más importante.

Las filtraciones internas.

La investigación sobre empleados, computadoras y oficinas revela un clima de creciente desconfianza dentro de la propia administración.

Cuando un gobierno comienza a mirar hacia adentro con mayor preocupación que hacia afuera, suele ser una señal de desgaste.

Las auditorías internas, los allanamientos y las denuncias muestran un Estado preocupado por encontrar responsables de las filtraciones más que por resolver las causas que las generan.

Porque las filtraciones rara vez nacen de la casualidad.

Generalmente aparecen cuando existen fracturas políticas internas.

¿Comienza una nueva etapa?

Tal vez el dato más importante de toda esta historia no sea el reclamo radical.

Ni el sistema biométrico.

Ni las auditorías.

El dato verdaderamente relevante es que por primera vez en mucho tiempo distintos sectores empiezan a cuestionar públicamente el modo en que se ejerce el poder dentro del oficialismo.

Los radicales reclaman participación.

Los gremios cuestionan el control.

La oposición exige explicaciones.

Y dentro del propio Gobierno buscan identificar quién filtra información.

Todo ocurre al mismo tiempo.

Eso difícilmente sea una coincidencia.

Durante años, Weretilneck logró construir un liderazgo basado en la capacidad de ordenar a actores muy distintos.

Hoy ese equilibrio parece mostrar grietas.

No significa que el oficialismo esté cerca de romperse.

Pero sí que la paciencia de algunos socios comenzó a agotarse.

La política tiene una regla sencilla.

Los aliados aceptan esperar mientras creen que mañana tendrán un lugar mejor que hoy.

Cuando dejan de creerlo…

empiezan a construir su propio camino.

Y quizás esa sea la verdadera noticia que dejó la última semana política en Río Negro.