Editorial | ¿Qué nos pasó? Radiografía íntima de una provincia saqueada y extraviada

Por Luis César Pérez

(Epígrafe inicial)

¿Cómo ha pasado?

¿Qué traidor nos ha robado

La ilusión del corazón?

Creo que quiero cerrar los ojos

Para no ver los despojos

De lo que tanto amaba entonces.

I. Las preguntas que nos queman las entrañas

Este interrogante no es una elucubración de café ni una queja al paso; nos lo debemos hacer todos y cada uno de los habitantes de esta tierra. Lo escribo desde la entraña misma de la cordillera, con la bronca acumulada de ver cómo, en los últimos años y prácticamente con las mismas caras de siempre, el mundo político de la provincia de Río Negro se fue degradando de forma sistemática, cínica y perversa.

Mucho nos preguntamos en estos tiempos modernos cómo es posible que alguien sin formación, cuyo único mérito comprobado sea saber exactamente en qué momento exacto hay que traicionar al benefactor de turno, logre escalar posiciones. Desde su partida de El Bolsón hasta recalar en Cipolletti, la cartografía vital de este personaje se traza a base de puñaladas roperas: sube pisando cabezas. El primero en la larga lista fue Julito Salto, su patrón en la papelera local; de ahí en más, una escalada ininterrumpida de deslealtades que llega hasta el día de hoy. Y digo hasta hoy porque la experiencia nos enseña que mañana habrá otro blanco en la mira.

Este gobierno provincial —que transita sin escalas de lo mediocre a lo indefendible— no solo contiene a una corte de sátrapas con trajes costosos y una delicada vida nocturna financiada por el erario público, sino también a los vivos de siempre que operan en cada rincón llevando agua para su propio molino. Algún día, más temprano que tarde, tendrán que explicarle al pueblo el brutal desguace del sistema de salud pública. Han montado un modus operandi perfectamente enraizado: simulan obras de infraestructura, compran aparatología de última generación con fondos del Estado para que, ante la deliberada falta de médicos y profesionales provocada por los bajos sueldos, el servicio colapse y los negocios terminen tercerizados en manos de “empresas de salud” amigas del poder. Solo el perro se rasca distinto, pero el collar es siempre el mismo. Y qué decir de la obra pública: otro curro perfectamente organizado, pactado y aceitado con la mafia de la UOCRA, que sostiene a un vándalo al mejor estilo vandorista para amedrentar a cualquier atisbo de protesta social.

II. El cabaret del poder: Nombres, prontuarios y la mesa chica

El andamiaje de este régimen no se sostiene solo con promesas vacías; requiere de un ejército de cómplices, operadores y alcahuetes. En esa mesa chica desfilan los restos de naufragios políticos de la anterior gestión, hoy reconvertidos en empleados de lujo pagados con los recursos de la Legislatura. Ahí tenemos el caso de Rivero, de Sabina Costa, y del mismísimo “mago del Kremlin” de cabotaje, Daniel Sartor. Pero la nómina no discrimina prontuarios: figuran personajes como Accatino y otros de dudosa reputación, como Alejandro Nahuelquin, un matón todoterreno que le arregla los asuntos oscuros en el bajo mundo. Y, claro, cómo olvidar a Verónica, su mujer, quien todavía debe explicaciones públicas sobre qué hacían transportando tres millones de pesos en efectivo en plena pandemia a bordo de una camioneta oficial del Estado. ¿Y qué contar de la feliz consorte del “Brujo”? Claro que es feliz: sin tener la menor idea de la materia, maneja a su antojo el jugoso negocio energético de la provincia.

Los hilos del pasado se enredan desvergonzadamente con los negociados del presente. Reaparece el apellido Accatino ligado a oscuros entuertos en el Valle Medio, donde las habladurías de pueblo —que casi siempre terminan siendo radiografías exactas de la realidad— señalan que allí se asientan las plantaciones de fruta fina que heredó la hija del “Brujin”.

Pero hay un nombre fundacional que muchos veteranos de la política recordarán con amargura: el eterno “Lole”, el gran Bautista Mendioroz. Íntimo colaborador del mentado mago del Kremlin, fue él quien, junto a Daniel Sartor, al comenzar la era Weretilneck le sirvió la gobernabilidad en una bandeja de plata. Le entregaron los legisladores de la UCR y blindaron a la cúpula que estaba a punto de ser juzgada, todo a cambio de asegurar la convivencia pacífica y sacarse de encima a los molestos peronistas que, por entonces, de la mano de Miguel Ángel Pichetto, soñaban con rescatar una alternativa provincial seria.

Eran tiempos en los que se rumoreaba que Alberto firmaría la ficha de afiliación al peronismo, mientras se reunía clandestinamente con Sergio Massa a través de un armador político de Bahía Blanca. Aquello se gestaba con una doble intención —y agucen la mirada, porque aquí vuelve a asomar la traición—: por un lado, convencer a los crédulos de que se cumplía con el mandato popular; por el otro, comenzar a tejer desde las entrañas del Estado un partido propio. Acuérdense, si no, de cómo le arrebataron quirúrgicamente el Ministerio de Producción a Juan Manuel Pichetto, para luego desguazar la Dirección de Energía, transformarla en secretaría y entregarla al cuidado de quien se convertiría en “el amor de su vida”.

Así como en su momento el gobernador Requeijo se valió de las sombras de la dictadura militar para fundar un partido provincial a su medida —aquel famoso PPR—, este esquema perfeccionó la fórmula y consolidó su propio aparato hegemónico: Juntos Somos Río Negro (JSRN).

III. La espada de Damocles: Créditos, negociados y la estafa de la Línea Sur

Con todo ese poder acumulado sin contrapesos institucionales, se desataron los grandes negocios. Cada vez que se acercan los tiempos electorales, aparecen como un reloj maldito los famosos créditos internacionales que se han transformado en una verdadera espada de Damocles colgada sobre el cuello de todos los rionegrinos. Primero fueron las renegociaciones de contratos petroleros a puertas cerradas y la apertura de nuevas zonas de explotación; después vino el celebérrimo Plan Castello, que obligó a movilizar a todo el gabinete provincial, pueblo por pueblo, para convencer (o comprar voluntades) y lograr que la Legislatura aprobara el mayor endeudamiento de nuestra historia.

Tomemos dos obras emblemáticas para medir la estafa en términos de costo-beneficio. La primera: el gasoducto de la Línea Sur. Nos vendieron en encendidas asambleas —mientras los ministros repartían caramelos de madera a los pobladores— que cambiaría para siempre la realidad social y económica de la región. La cruda verdad es que solo se cumplió una etapa y de manera parcial. El verdadero desarrollo económico jamás llegó porque los fondos destinados al ente específico para su reconversión productiva se esfumaron en el camino. ¿Y ahora con qué nos salen? Sencillo: van a rematar esas tierras convertidas en campos propicios para la minería extractivista a cielo abierto, sin controles ni licencia social.

La segunda muestra es el escandaloso camino de Mallín Ahogado. Una obra pública diseñada y ejecutada no para descomprimir la vida de los vecinos de El Bolsón, sino para beneficiar exclusivamente a los vivos de siempre: apellidos como Massa, Van Ditmar, y una caterva de inversores golondrina que compran de a poco el viejo Bolsón, algunos con dineros más o menos transparentes y otros utilizando la comarca como una vistosa lavandería financiera. A ellos sí les convenía el asfalto de Mallín Ahogado; al municipio y al vecino común de El Bolsón, ni fu ni fa. Mientras tanto, en este invierno impiadoso, da vergüenza y rabia caminar por nuestras calles y ver cómo cierran locales comerciales todos los días, dejando a decenas de familias en la calle, mientras el cerro reluce artificialmente lleno de turistas para consumo de postales oficiales.

Queda meridionalmente claro el método: para juntar los fondos necesarios de cada campaña electoral, Weretilneck siempre tiene a mano un crédito internacional. Se viaja a Washington a mendigar dinero fresco, se promete una obra faraónica que se demorará décadas, y en el mientras tanto —con la complicidad abyecta de una Legislatura convertida en notaría oficial— se levantan carteles de publicidad, se arman licitaciones a medida, desfilan las bandas de música y se despliega toda la parafernalia circense de la vieja política.

IV. Trolls, carpas y la descomposición final

Pero la maquinaria ya no se conforma con el manejo de la caja y el Boletín Oficial; ahora va por las conciencias. Con Astutti a la cabeza, se propusieron embaucar a la juventud. Ya opera en Río Negro, desde la última elección, un pequeño ejército de trolls rentados que se dedica cotidianamente a hostigar a los que todavía nos animamos a escribir con rigor y honestidad intelectual, mientras replican mentiras seriales que, a fuerza de repetición obscena, pretenden convertirse en verdades. Son sostenidos por un entramado de portales y páginas truchas que proliferan en las redes sociales, alimentados generosamente con los millones de la pauta oficial que luego los “comunicadores” del régimen se encargan de amplificar.

Para coronar este sainete, crearon la Secretaría de la Juventud, puesta bajo la órbita de Milagros Antonella Calvo. Los corrillos de la administración pública dicen que esa dependencia tiene más humo que La Trochita y que la relación con Astutti es de tirantez absoluta, básicamente porque en un mismo escenario no entran dos vedettes. Lo cierto es que el secretario de Estado sueña con arrebatarle el sillón al intendente Marcos Castro en Viedma, aunque por ahí también agazapado acecha un tal Ruiz, que aspira al mismo botín en la ex capital provincial.

Digo bien: ex capital, porque de tanto mudarse mental y físicamente, Weretilneck se la pasa instalado en Cipolletti, despachando desde las oficinas de la Secretaría de Energía, como si la provincia entera fuera un feudo privado de su propiedad.

Este cóctel nauseabundo, esta licuadora donde giran sin pausa los nombres archiconocidos de la decadencia —Mendioroz, Ibarrolaza, Iván Lazzeri, Sartor, Accatino, Costa, Rivero, la hija de Tania Lastra y su marido “buche”, junto a marginales del radicalismo reciclado, operadores judiciales y fiscales adictos— es exactamente la masa con la que se fabrican los peores ladrillos, aquellos que recordaba Perón aludiendo metafóricamente a las conductas de la dirigencia.

Por eso, ante tanta desolación institucional, hoy me embarga una profunda y desgarradora nostalgia. Porque yo sigo queriendo otra cosa para nuestra patria chica:

*

Yo quiero una fila entera

Y todo un pueblo cantando

Con renovada pasión

Quiero de nuevo el honor

Aunque no existan victorias

Quiero llorar con la gloria

Y un banderín agitar

Frente a un ejército popular.

*(Fragmento de soldaditos de plomo- Victor Heredia)